Posteado por: Juventudes Carlistas | abril 16, 2009

NAVARRA NACIÓN (en la revista Nabarralde)

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Fernando Carlos Sánchez Aranaz (militante del Partido Carlista de Álava-EKA)

Euskal Herria es un país pequeño y, al final, acabamos conociéndonos todos a poco que uno tenga interés en meter la nariz donde no le llaman; en otras palabras, teniendo un mínimo de espíritu cotilla. Así, ya resulta difícil sorprenderse de algunas trayectorias, como aquella, pongo por ejemplo, que va desde el marxismo-leninismo, enraizado en unos orígenes del más recio falangismo ribero, hasta el PP, pasando, como es lógico, por el PSOE, tras la renuncia “vade retro” a aquello que se llamó Euskadiko Ezkerra; u otra que empieza en el comunismo y, esta vez sí, pasa por EE, a pesar de considerar su protagonista a sus seguidores como “pequeño burgueses”, para acabar en el agradecido funcionariado autonomista. No sigo, porque al fin y al cabo cada uno tenemos lo nuestro.

Viene esta digresión a cuento de un artículo de Ángel Pascual (EL PAÍS, edición País Vasco, 23-05-2003) titulado “El imposible nacionalismo navarro”, en el que el autor, que también, como es lógico, tiene su propia trayectoria, posee la virtud de hacernos pensar en unas cuantos cosas, al margen de que estemos de acuerdo o no con sus planteamientos.

Debo confesar que al leer el título, supuse que se referiría a la supuesta imposibilidad de articular alguna corriente política favorable a la consideración de Navarra como nación. Craso error. Aludía a la imposibilidad para la Unión del Pueblo Navarro, la sucursal navarra del Partido Popular, de constituirse como partido nacionalista navarro. Naturalmente. Para ser nacionalista, la principal premisa es considerar a algo como nación y para UPN aquí no hay más nación que España, luego en todo caso estaríamos hablando de un partido nacionalista español, o, con mayor precisión, de la sucursal regional de un partido nacionalista español, es decir, el PP.

Personalmente considero que Navarra es una nación, pero no me considero nacionalista. Estoy de acuerdo con Pascual cuando afirma que un partido nacionalista necesita “un enemigo en el que reconocerse de forma continuada”. Esa ha sido la trayectoria del nacionalismo aranista y la del nacionalismo español, basados ambos en la construcción como naciones de entidades que antes no lo habían sido. Para unos Euzkadi, una supuesta confederación de comunidades forales dotadas de una suerte de independencia originaria. Para los otros España, considerando éstos a lo que no era sino una amalgama de territorios sometidos por Castilla a lo largo de la historia, más o menos cohesionados por el centralismo posterior de la monarquía y del franquismo, como una unidad avant la lettre, “unidad de destino en lo universal”.

En el caso de Navarra no podemos hablar de construcción de ninguna nación, porque ésta ya existe, bien es verdad que mutilada y cercenada en su territorio y su soberanía. Navarra es hoy un territorio residual con una soberanía también residual, por eso no resulta propio hablar de construcción de la nación navarra, sino en todo caso de su reconstrucción.

Afirma Pascual que UPN, a quien define, creo que con mayor propiedad, como partido regionalista, nació “en 1979, lo que ya se sabe, como escisión de la UCD por considerar que éstos eran unos tibios en la defensa del régimen foral”. Suele decirse que no hay peores mentiras que las verdades a medias. Hagamos memoria y repasemos la hemeroteca.

La UCD se constituye en Navarra fundamentalmente a partir de tres partidos que eran poco más que cuadrillas de amigos, pero bien relacionados con los fautores de la llamada transición. El Partido Demócrata Liberal de Jesús Aizpún, hijo del histórico Rafael Aizpún, Acción Social Democrática y Foral, de Jaime Ignacio del Burgo, hijo del no menos histórico Jaime del Burgo, y la Agrupación Popular Navarra, de José Joaquín Sagredo.

Jaime Ignacio del Burgo en 1976 expresaba (Punto y Hora de Euskal Herria, nº 11/15 septiembre 1976) que “sólo el pueblo navarro tiene derecho a decidir si acepta o no la existencia de un poder político supranavarro, intermedio entre Navarra y el Estado Español. Mientras tanto sólo la Diputación Foral y el Consejo Foral, cuya representatividad democrática confiamos sea plena en las próximas elecciones, constituyen los únicos órganos propios de poder. No se olvide que cualquier alteración del “status” de 1841 tan sólo puede hacerse mediante nuevo pacto suscrito por la representación legítima de Navarra, encarnada por la Diputación Foral como heredera y depositaria de la soberanía foral del pueblo navarro”.

Por su parte el autor del artículo de referencia, Angel Pascual, actuando como portavoz del Comité de Navarra del Partido Comunista de Euskadi, planteaba (Punto y Hora de Euskal Herria, nº 12/30 septiembre 1976) que “a partir de la conquista de las libertades habrá de discutirse la vinculación o no de Navarra a Euskadi, federada ésta en el Estado español. Los comunistas navarros defenderemos y batallaremos porque esta integración se produzca en el futuro más o menos inmediato”.

En las elecciones escasamente democráticas del 15 de junio de 1977, UCD obtuvo tres diputados de los cinco que le correspondían a Navarra, los otros dos se los llevó el PSOE. La debilidad, en Navarra, de las fuerzas favorables a la reunificación de los cuatro territorios peninsulares de Euskal Herria, sorprendió a todos, puesto que su presencia social había sido incomparablemente mayor. Eso, unido a la nefasta actitud prepotente del nacionalismo vasco y a la sombra de ETA, supuso el pistoletazo de salida para el soi-dissant navarrismo, que no es sino nacionalismo español, cuya tarta en Navarra, como en el pasado, acuerdan repartirse liberal-conservadores (UPN) y liberal-progresistas (PSN).

La oportunidad para ello se presentó con la inclusión en la constitución de 1978, mediante una negociación entre Adolfo Suárez y el PNV, de la disposición transitoria cuarta, que contemplaba la posibilidad de incorporación de Navarra a un futuro ente autónomo vasco. En desacuerdo con esto, Jesús Aizpún abandona en 1979 la UCD y funda Unión del Pueblo Navarro. Las elecciones de ese año le dan un escaño en el Congreso de Madrid, que arrebata no a UCD, que mantiene sus tres escaños, sino al PSOE. En las elecciones al Parlamento de Navarra celebradas poco después, triunfaría también UCD, siendo nombrado Jaime Ignacio del Burgo presidente de la Diputación Foral, todavía no era Gobierno de Navarra. Tendría que dimitir en 1980 por una acusación de prevaricación, de la que en 1984 sería exculpado por los tribunales. Entremedio, en las elecciones de octubre de 1982, la UPN de Aizpún, coaligada con la AP de Fraga Iribarne, conseguiría dos diputados, por tres del PSOE, no obteniendo representación UCD, que se desmorona. De esa manera, Jaime Ignacio del Burgo recalaría en UPN, que más adelante se conformaría como la sucursal navarra del Partido Popular.

Hoy podemos afirmar que ambos proyectos, los enunciados en 1976 por Jaime Ignacio del Burgo y por Ángel Pascual, han fracasado. El primero al no haber conseguido alcanzar el objetivo último de toda acción política que, más allá de victorias coyunturales, no puede ser otro que resolver los conflictos existentes sin generar otros nuevos, eliminar la injusticia y conseguir el bienestar material y espiritual de todos los ciudadanos, sin excepciones de ningún tipo. A la realidad me remito. El segundo porque el planteamiento de “integración en Euskadi” obviamente resulta ajeno a la voluntad navarra.

A mi juicio, ha llegado el tiempo de forjar nuevos retos y enmendar viejos errores, llevando las aguas al cauce del que nunca tenían que haber salido, que no es otro que el de la reconstrucción nacional, política y territorial del Reino de Navarra. Ni entes supranavarros, puesto que el sujeto político es Navarra, ni inclusiones de Navarra en nada, sino reconocimiento de que todos los vascos somos navarros.

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