Posteado por: Juventudes Carlistas | abril 22, 2009

Reflexiones bajo los porches de Bayona

bayona

Luis María Martínez Gárate

Bayona en general y sus porches en particular, tanto los de rue Port Neuf como los que soportan las casas que bordean La Nive (Errobia) han tenido siempre para mí un encanto muy especial. Desde muy pequeño, la excursión a Bayona constituía una experiencia placentera, casi mágica, sólo superada por el embrujo que ejercía sobre mi padre, y que tan bien supo transmitírmelo, la capital del Bearne: Pau. Es en ambas capitales, además de Pamplona y otros lugares al sur de la muga artificial que separa, en una de las tantas divisiones existentes, nuestro País, donde se desarrolla la última novela de Miguel Sánchez Ostiz, “En Bayona, bajo los porches”. Por la rememoración de ese encanto comencé su lectura. En ella quedé pronto atrapado, tanto por el interés que encerraba su trama sobre unos asuntos que han constituido parte muy importante de mi reflexión y trayectoria personales, como por su buen hacer literario.

Las Armas del Tiempo: un ciclo literario

El actual proyecto literario de Sánchez Ostiz lleva por lema “Las Armas del Tiempo”. Es el Tiempo ese algo inasible donde fluyen los quehaceres a través de los que algunas de las divisiones hieren nuestra sociedad. Si bien las discordias son algo inherente a cualquier organización social, el conflicto trágico se produce cuando son provocadas por factores externos que intentan fagocitarla y aniquilarla. Las “Armas del Tiempo” no son inocentes.

Pueden luchar contra nosotros si nos dejamos llevar, si somos un elemento pasivo en sus manos. Entonces el Tiempo -Cronos, Saturno- nos devora. Pero pueden favorecernos siempre que seamos capaces de recuperar nuestra memoria, de reconstruir lo que fue, ha sido y es en un flujo continuo, sustentado en la intencionalidad de lo que queremos ser. Nuestra Historia y nuestro Patrimonio, no serán nuestros si, pasivamente, dejamos que quienes los han tomado para ocultarlos, manipularlos y apropiárselos, una vez reconstruidos a su conveniencia, los utilizan en nuestra contra. Las Armas que nos da el Tiempo consisten en recuperarlos con toda su firmeza, nervio y proyección de futuro.

La primera novela de la serie, “El Corazón de la Niebla”, es una reflexión sobre el desarraigo personal y el intento de urdir un tejido vital nuevo en un medio extraño del que se desconocen sus raíces. Es el fracaso que acompaña un proyecto bienintencionado, pero fruto de la irreflexión. La segunda, “En Bayona bajo los Porches”, tiene, desde mi punto de vista, más enjundia social y, sobre todo, política. En ambas el protagonista es el narrador omnipresente, y casi omnisciente, quien, en primera persona, escenifica el tinglado. En la primera es un personaje ajeno al drama central de la novela; en la segunda cobra un protagonismo más decidido. Su elección, como alguien de fuera me ha parecido un acierto de primera magnitud.

Su ubicación se va modificando con el desarrollo de la trama. De ser un espectador pasivo en “El Corazón de la Niebla” pasa a una implicación activa en la que intervienen todo tipo de factores: amistad, curiosidad investigadora, compromiso social y político, amor…

El Carlismo como protagonista

“En Bayona bajo los Porches” imbrica dos historias relacionadas con el Carlismo. En la primera se manifiesta, a través de encuentros casuales del protagonista con dibujos, fotografías, documentos de un personaje de la Segunda (para nuestra cronología más próxima) Guerra Carlista, un legendario héroe, galán, histrión y en ocasiones travestido, llamado Tristán de Barraute. Mitad vasco, mitad bearnés. Navarro por los cuatro costados. Y, según desde que óptica, mitad español, mitad francés. Una vez más nos sorprenden en el camino las divisiones que desgarran nuestro País.

La obra consiste en una búsqueda que comienza como pura curiosidad por el aroma literarionovelesco que desprende el personaje en el primer encuentro con su retrato en el Marché aux Puces de Paris y que a lo largo de la trama investigadora a través de múltiples encuentros con personas variopintas pero reales, o cuando menos verosímiles, van perfilando su personalidad.

La investigación sobre Tristan de Barraute conduce inesperadamente a uno de los episodios más turbios de nuestra historia reciente: Montejurra de 1976.

Una parte muy importante de la narración, desde la perspectiva del protagonista, se desarrolla, precisamente, en Bayona “bajo los porches”, con su reencuentro con el amor. Y es la que, en una especie de retroalimentación positiva, posibilita su mayor implicación en una realidad en la que, en cierto modo de manera casual, el protagonista se ha visto atrapado.

Intentar destripar la historia de los dos últimos siglos de Vasconia sin un análisis medianamente serio del Carlismo es una condena cantada al naufragio en los procelosos y oscuros mares de la historiografía hispana. Las dos guerras Carlistas en la Euskal Herria del siglo XIX son la explosión de un conflicto que venía larvándose muchos siglos.

Antecedentes: Carlismo y Aranismo

El reino navarro configura en la Edad Media la estructuración política del pueblo vasco como  Estado. A partir de finales del siglo XII, en sucesivos conflictos internacionales, va perdiendo su vigor inicial por la fuerte presión de sus poderosos vecinos: Castilla, la corona Catalano- Aragonesa, el poder que representa el dominio británico sobre Gascuña y la monarquía francesa. Desde la ocupación castellana de La Rioja, La Bureba y Vizcaya principalmente, a mediados del siglo XII, hasta la conquista en los inicios del XVI y la incorporación a la monarquía francesa a comienzos del XVII de los últimos restos del Estado independiente de Navarra, se da un proceso continuo de desgaste del Estado pirenaico. Se culmina en la suplantación institucional que tiene lugar al Norte con la llamada Revolución francesa en 1789 y al Sur después de la derrota, precisamente, de la Primera Guerra Carlista, también conocidcomo “Guerra de Navarra”, en 1841.

Tras las guerras de la Convención y Napoleónica, los intentos de abolir el Sistema Foral, la forma de organización política que, dentro de la monarquía española, mantenía el país vasconavarro, condujeron a una situación insostenible. El pretexto que hizo de chispa para inflamar nuestra tierra con un incendio de enormes proporciones fue el conflicto dinástico de la monarquía española a la muerte del rey Fernando VII. Podía haber sido cualquier otro. Si la Guerra de 1833-39 fue para Euskal Herria una tragedia en todos los sentidos (suplantación institucional, muertes y exilio con la consiguiente pérdida demográfica, retroceso acelerado del euskara, pobreza, inestabilidad social…), la guerra de 1872-76 tuvo componentes más complejos. Para el país vasconavarro fue una continuación de la primera. Su imaginario colectivo era muy semejante en ambas guerras, aunque más mediatizado por la causa religiosa. Aquí es donde intervinieron con fuerza los elementos españoles más conservadores que, asustados por la revolución de 1868 y la Primera República, corrieron a refugiarse bajo el paraguas protector del Carlismo; son conocidos como neos (de neocatólicos). Pronto lo abandonaron. Cuando sus “fuerzas vivas” proclamaron rey en Sagunto a Alfonso XII, hijo de Isabel II, pasaron en tropel a engrosar las bases sociales de la Restauración (1876).

Ya en el siglo XX tuvo lugar una escenificación que, aunque trágica por sus resultados a nivel de todo el Estado español, fue una burla grotesca para el Carlismo: la Guerra de 1936-39 en la que participó con toda su parafernalia decimonónica, folklórica en el peor sentido del término, para apoyar al fascismo hispano y que, perdida toda orientación y sentido histórico, fue el final de su vida política efectiva.

A finales del siglo XIX, como respuesta nueva al problema de la nacionalidad vasca, no planteado con la suficiente radicalidad y perspectiva moderna por el Carlismo, los hermanos Arana Goiri crean las bases ideológicas que sustentan el actual nacionalismo vasco. A pesar de su mayor adecuación a los nuevos tiempos, su imaginario colectivo no difiere excesivamente del carlista. Esto lo ha puesto de relieve muy inteligentemente José Javier López Antón en su magnífica obra “Escritores Carlistas en la Cultura vasca”. (Pamiela, Pamplona 1999). No obstante, hay una diferencia entre ambos mundos. El Carlismo abarca a todo el País. Su referencia a la estructura política del Reino de Navarra, del que los reyes Carlistas se sentían herederos como reyes tradicionales de las Españas, convertían su reivindicación política en algo de una gran consistencia en la que los aspectos lingüísticos y culturales, sin ser olvidados, pasaban a un segundo plano.

Por el contrario, el aranismo basó su imaginario más en un paisaje, una raza, una lengua; con la grave dificultad de que ni el paisaje, ni la lengua son los mismos en todos los territorios de Vasconia; la “raza” la dejaremos para otro momento en el que convendrá contextualizar el supuesto “racismo” de los Arana Goiri con el de sus contemporáneos hispano-franceses o europeos en general. La Vasconia de población concentrada, de secano y regadío, sin prados ni caseríos blancos y relucientes, sin bravos arrantzales; con más ocre y amarillo que verde, más dulzaina que txistu y más vino que sidra, es decir la Vasconia de las llamadas zonas medias y riberas, no entró en su mensaje. Quedó, en cierto modo, huérfana, aunque un Carlismo, cada vez más desorientado y anacrónico siguiera ejerciendo su guía y control sobre ella. Este es el Carlismo que condujo a buena parte de Navarra y Álava a la colaboración con la sublevación militar de 1936.

…Y consecuentes

Durante la posguerra el Carlismo fue maltratado por Franco, pero al constituir uno de los soportes prácticos y, por supuesto teóricos, de su victoria no podía ser perseguido del mismo modo que las organizaciones políticas del bando contrario. Al margen de opiniones personales, no cabe duda de que el Carlismo que orientó Carlos Hugo de Borbón Parma en los años 60 del pasado siglo, suponía una forma de oposición al Régimen de Franco. Por un lado esta forma de oposición engarzaba perfectamente con la sensación de frustración y derrota que habían vivido los voluntarios de 1936 y, por otro, ofrecía a personas jóvenes, sin educación política, una forma de canalizar su disconformidad con el franquismo. Así pueden explicarse las multitudinarias concentraciones de Montejurra en dichos años.

¿Podían estos actos asustar al Régimen? No lo creo. Pero, no obstante, hay que reconocer que algo temían los esbirros y sucesores del Caudillo, cuando legalizaron antes al Partido Comunista que al Carlista. Los inconfesables manejos que, desde las cloacas de un Estado tan inmundo como el español, organizaron la encerrona de Montejurra del 76, encabezados por el inefable “rey del galipot”, vendiéndolos a la opinión pública como “conflicto entre facciones” o “querella entre hermanos”, consiguieron derrumbar un aparente gigante que, a buen seguro tras su participación en el conflicto de 1936, tenía ya los pies de barro.

Así se cierra el trayecto que Sánchez Ostiz, con bastante coherencia, conduce en su última obra desde la guerra de Tristán de Barraute hasta Montejurra de 1976, con parada obligada en 1936. Esta obra constituye un recorrido sobre el Carlismo, protagonista muy importante de esos cien años de historia de Euskal Herria. No el único, evidentemente, pero sí uno que en los comienzos del periodo indicado era hegemónico y en su última etapa, puramente testimonial.

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