Posteado por: Juventudes Carlistas | abril 23, 2009

El problema

euskal-herria

Pablo Antoñana
Gara 01/07/2006

El 36, de infausta memoria, pareció que iba a desanudarse definitivamente el problema. El mes de julio, guardado en el estuche de los recuerdos, un paisaje borroso, asaltado a golpe de voces, soldados muertos traídos en cajones numerados y un sargento hacía la entrega previa firma de recibo, vivas y mueras, Te Deum fervoroso dando gracias a Dios por una victoria del ejército rebelde. Días de “odio, calor y vino” (Justo Garate), de pasión del “viva la muerte” de los legionarios. Ganaron la guerra, (bueno, la que yo llamo tercera carlista, también perdida y en palabras oídas a un teniente de requetés a los pocos meses preguntado “qué tal va la guerra”, contestó “la guerra se ganará pero nosotros, los carlistas, la hemos perdido”, vino la represión, el agresivo “habla en cristiano”, el rebautizo de los nombres vascos, el castigo “a las provincias traidoras”, con el raspado de los vestigios testimoniales que quedaban como competencia exclusiva de “las provincias exentas”, el problema, ya centenario, se podría en falso.

Siguieron cuarenta años en que se intentó borrar, arrancar de cuajo, hasta la más leve seña de identidad de un país que sostenía litigio contencioso con el Estado central. Comenzó antes del abrazo de Vergara, cien años se cumplían en el 36.

Es que siguiendo la idea jacobina y borbónica de Godoy de uniformar los territorios españoles, consagrada por la Constitución de Cádiz (año 1812), que dice de “una división más conveniente del territorio español por una ley constitucional”, se produjo la erosión, como mordeduras de ratón, del sistema foral. La impotencia para defenderlo, trajo la primera guerra carlista y, derrotado él ejercito del pretendiente, no se respetaron las palabras del general Espartero en Hernani, mayo 1837: “Como general en jefe de la Reina y en nombre del Gobierno os aseguro que vuestros Fueros, que habéis temido perder, os serán conservados y jamás se ha pensado en despojaros de ellos”. Palabra que no cumplió faltando al honor militar cuando en el artículo 1º del Abrazo de Vergara dice: “El capitán general Don Baldomero Espartero recomendará con interés al Gobierno el cumplimiento de su oferta de comprometerse formalmente a proponer a las Cortes la concesión o modificación de los fueros”. Aquí reside ya el origen del problema todavía sin resolver.

Dejo el pormenor y los ingredientes, muchos, distintos y contradictorios, que dieron principio y mantenimiento al fenómeno carlista como cosa propia de historiadores a la que se han dedicado con dilección. Aún hoy es tema de atención y estudio. El carlismo, en esta tierra, supuso una insurrección popular. Tal fue la adhesión que lo mantuvo que los mandos del Ejército del Norte informaban en sus partes de que “en cada aldea, en cada posada, en cada camino, atentos ojos, oídos que nos vigilan”. Y Valle Inclán: “En las provincias donde hay guerra puede decirse que todos son soldados, los hombres, las mujeres, y hasta las piedras”. Los caminos se llenaron de gentes que iban a enrolarse en el ejército sublevado. Se dividen las opiniones sobre los motivos verdaderos de la insurrección que tuvo en jaque a un ejército organizado. Se mezclan la religión, Dios (cuando ganaban una batalla decían: “Dios se ha quitado la boina”, una dinastía que era ajena, miedo a lo nuevo, recuperación de los comunales desamortizados, todo junto. Al fondo un profetismo, una mística.

Es interesante escuchar versiones distintas y de varios autores que paso a citar. Unamuno se queja: “cuándo se estudiará con amor aquel desbordamiento popular… lo encasillaron, lo formularon y cristalizaron, y hoy no se ve aquel empuje laico, democrático, popular, aquella protesta contra todo mandarinato, todo intelectualismo, y todo charlamentarismo, contra la aristocracia y la centralización unificadora”. Sigue: “Hay dos carlismos, el popular de fondo socialista y federal y hasta anárquico, otro el escolástico, esa miseria de bachilleres, canónigos, curas, barberos egotistas y raciocinadores”. Quizá Don Miguel hubiese leído el informe, de 62 puntos que Indalecio Caso, militante carlista, envió a Don Carlos,”Augusto Amo”, del que entresaco: “Diseminar el ejército componiéndolo de fuerzas o milicias mandadas por milicianos veteranos, de modo que los soldados queden en sus domicilios entregados a sus faenas habituales, con obligación de asistir a ejercicios y revistas”. “Suprimir la policía asalariada, dejando su función a hombres honrados”, “no consentir la construcción de grandes monasterios sino muchos y modestos que enseñen agricultura, las ciencias y las artes”.

El mismo Marx estimaba que “el carlismo tenía unas bases auténticamente populares nacionales de campesinos, pequeños hidalgos y clero, en tanto que el liberalismo estaba encarnado en el militarismo, el capitalismo, la aristocracia latifundista”. Otra opinión, la de Antonio Elorza: “todos los jornaleros de la tierra baja, donde el carlismo es opinión radicalmente democrática, con puntos y ribetes socialistas”. Vázquez de Mella ya profetizó: “cuando los carlistas pierdan sus símbolos, o se marcharán a casa, o engrosaran las muchedumbres socialistas”.

Algo de eso se cumplió en la época de la Segunda República, cuando muchos “círculos carlistas de la Ribera, cambiaron su nombre por el de Ateneo libertario. Dejo para lo último el testimonio de Vicent Kennet, médico inglés al servicio de la Asociación de la Caridad (Cruz roja carlista) cuando escribe a su madre: “they are fighting for a noble cause of God and their king but do not hesitate to admit that they also fighting for their liberties and Fueros which the rest of Spain do not feel disposed to allow them” (“están luchando por la noble causa de Dios y su rey, pero no dudan en admitir que también luchan por sus libertades y fueros que en el resto de España no están dispuestos a permitírselo”. En otra carta admira el coraje y los principios por los que los soldados luchan por una causa que creen justa. En otra da una opinión que parece extraña: “los carlistas han sido capaces de organizar un estado moderno en miniatura, en el espacio pequeño de las provincias vascas”.

Así, mientras duró la guerra, la segunda, un país, aunque desolado, tuvo un estado de configuración moderna, y que como tal fue estudiado por Montero Díaz, de la Fundación Hernando de Larramendi, nada sospechosa. Tan es así que emitió moneda, tuvo servicio de correos, Tribunal superior de Justicia, aduanas, ministerios, Servicio de Intendencia y una corte que, aunque errante, celebraba fiestas y desfiles militares.

Había un territorio consolidado, “las tres provincias vascongadas y el Reino de Navarra”, en el que pudo organizarse con normalidad la administración civil, judicial y eclesiástica , incluso el “culto y clero”, aunque existió otra administración paralela, la de las Diputaciones que, si no absorbidas, sí mediatizadas por el ejército, que fue quien daba las normas principales, ajustadas a lo de “primero ganar la guerra” y luego vendrá la organización, a sabiendas de que, como en la del 36, primó lo de “ganar la guerra”, y luego ya se vio.

Es que los otros focos de levantamiento carecían del motivo que animaba al levantamiento de las cuatro provincias, haciendo así la segunda guerra como “guerra de vascos”. En Cataluña era cosa de pequeños grupos de gran movilidad, que dado el golpe desaparecían, y en provincias como Zaragoza, Tarragona, Cuenca y poco más no había territorio liberado. A lo más se reducía su actividad a expediciones punitivas que duraban solamente horas.

Cierto que ese Estado carlista no coincidía con el pensamiento del pueblo y sus diputaciones que no eran atendidas conforme a fuero, y hasta el reclutamiento, a pesar de protestas de “contrafuero”, se hacía conforme a las Ordenanzas de Carlos III, y no según la costumbre tradicional del alarde. El hecho es que con el desmoche de los fueros aparece una reacción que recoge Sabino Arana y desde entonces la historia se recompone de otra manera y el problema sigue en pie en el modo y manera que todos conocemos. Un problema a resolver y que no puede aplazarse más, estamos seguros.

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