Posteado por: Juventudes Carlistas | abril 26, 2009

Fragmentos del mensaje de Carlos Hugo de Borbón-Parma al Montejurra de 1959

La justicia es y fue siempre la misión primera del Rey. No solo para asegurarla  al individuo o asegurarla al país en el orden internacional, sino, ante todo, para establecer la paz social.

No se trata de instaurar un Estado paternalista. El Estado paternalista es la última etapa del liberalismo. En él, el gobernante regala el bienestar principalmente para evitar el descontento y frenar toda revolución. La Monarquía Social, al contrario, garantiza que la riqueza nacional se oriente según lo que justicia corresponde a cada uno, y no en función de los monopolios de los grupos de presión.

Para crear esta Monarquía se necesita la adecuada estructuración social y representativa. Dentro de esta estructuración, una de las más urgentes es la sindical. Los Sindicatos constituyen uno de los pilares de la soberanía social. Para poder ejercer realmente esta soberanía, deben ser, sobre todo, auténticos. Porque su misión es la de representar al individuo encuadrado en su profesión.

Otro de los pilares de la Monarquía Social son las corporaciones locales. Mediatizarlas en nombre de una mejor administración es anularlas como poder social. No puede bastar como finalidad la eficacia y la agilidad en la administración. Actuar así indicaría no haber superado el ciclo del Estado liberal.

Sin un sistema de Libertades Municipales y Regionales, la Monarquía Social no es más que un nombre.

La Monarquía Social solo será autentica cuando sea Monarquía sindical.

España solo será una democracia cuando sea Monarquía Federativa.

Vencidas, una a una, las antiguas monarquías y resquebrajados los ensayos liberales que las sustituyeron, reaparece de nuevo en Occidente la necesidad de una institución política sólida, que garantice a Europa cohesión y fortaleza, sin la cual no puede reinar la libertad.

En nombre de la democracia y de la libertad, los regímenes parlamentarios, además de esterilizar a sus pueblos, entregaron a más de cien millones de hombres a la opresión. Son estos los que nos exigen que los rescatemos, reformándonos radicalmente, hasta ser verdadera democracia y verdadera libertad.

Pero tanto los pueblos libres como los esclavos, que ansían esa reforma radical y se sienten acorralados, rechazan la superación del liberalismo por caminos totalitarios; y esperan ilusionados al pueblo que se lance a la configuración política del mañana.

No son restauraciones monárquicas ligeramente reformadas lo que necesitan las sociedades de hoy. Lo que se impone en el presente es todo el ímpetu de una creación con raíces tradicionales; lo exige la misma realidad.

La realidad de hoy es el pueblo mismo, con sus necesidades y problemas; un pueblo que quiere un poder responsable, protector de la justicia y capaz de despertar interés y entusiasmo.

Frente a él, en todo el mundo, se yergue un Estado absorbente, impersonal e irresponsable, que se constituye a si mismo en fin.

Nosotros (como dijo Carlos VII), sabemos que no es el Pueblo para el Rey, sino el Rey para el Pueblo. En la Historia, únicamente los príncipes que supieron rescatar la libertad para los pueblos, han podido reconquistar con su servicio la realeza. Una instauración que careciera de estas raíces populares quedaría agotada al poco de nacer. Porque la Monarquía por sí misma nada vale si no tiene arraigo en el pueblo.

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