Posteado por: Juventudes Carlistas | abril 30, 2009

Visión anarquista del carlismo (El Federal, nº 34)

Los juicios exteriores son siempre muy útiles, especialmente cuando son totalizadores del fenómeno que abordan. Respecto del Carlismo, los estudios han sido numerosos, pero casi nunca desde una perspectiva anarquista. Ahora ya se puede contar con ella, gracias a un trabajo no extenso aunque muy lúcido de Félix Rodrigo Mora (*).

Esa visión desde planteamientos anarcos cuenta con la impagable ventaja de que no parte de un posicionamiento de subjetiva “implicación” (liberal, directamente reaccionaria, o estrictamente carlista) que siempre anula una mayor objetividad, sino que está precisamente al margen y en contra de cualquier sistema, con crítica a la sociedad tecnológica e industrial, lo que conlleva el que en la investigación del pasado pre-industrializado haya de detenerse ineludiblemente en la rebelión y movimiento de masas que significó la primera guerra carlista que mediante un muy lúcido ensayo estudia Rodrigo Mora alcanzando conclusiones válidas no solo para aquel periodo de tan solo siete años, sino que lo rebasa en cuanto a determinadas conclusiones aún hoy válidas dadas las razones que en el movimiento inicial detecta y los motivos del fracaso que no califica de partidista sino de fracaso popular.

De su libro, editado hace unos meses, en 2008, y que recoge varios de sus trabajos aparecidos como artículos en los que se pretende recuperar la memoria insurgente de un “agrarismo” que va desde las mas antiguas manifestaciones hasta “las luchas de los años 60 contra la expropiación de los bienes comunales por parte del Estado-Capital”, pasando por los movimientos anarcosindicalistas anteriores a 1936 “agraristas” y, naturalmente, por la insurrección carlista., reproducimos ahora este ya imprescindible texto respecto de las razones y bases de la insurrección carlista, no precisamente motivada por razones de apoyo a una reivindicación sucesoria:

“El programa implícito con que el pueblo se incorpora a la acción armada contra la dictadura liberal española era diferente hasta el antagonismo al propugnado por la dirección del carlismo. En los estudios históricos se suele resaltar, según la ideología de cada autor, este o el otro componente, cuando lo esclarecedor es considerar el conjunto. Puede sintetizarse en 11 puntos: 1) comunitarismo convivencialista, con preservación de los patrimonios comunales y sin ampliación de la propiedad privada; 2) mantenimiento de la autonomía parcial del municipio existente, particularmente en las aldeas y pequeñas poblaciones, con salvaguarda de la expresión primordial de la democracia popular tradicional, el concejo abierto; 3) comunidad de las formas ancestrales de intercambio y tributación, sin ampliación de la función del dinero ni la del mercado, sin modificación en la cantidad y en el modo de tributar; 4) mantenimiento del clima espiritual tradicional, con el convivencialismo y la hermandad como valores mayores, con exclusión de la competitividad, individualismo, desigualdad, insociabilidad y agresividad propias del liberalismo y de toda la modernidad; 5) supervivencia de la cultura y los saberes populares en las diversas esferas de la existencia, incluidas las lenguas vernáculas; 6) rechazo del centralismo, expresión del dominio creciente de la gran urbe, Madrid, sobre los demás territorios, en particular el universo aldeano, entonces tan importante; 7) negativa intelectual, emocional y vital al trabajo asalariado, tenido como expresión muy letal del envilecimiento y deshumanización de las personas; 8) rechazo de las quintas y matrículas de mar; 9) en los territorios forales, adhesión a la institución foral, tenida acertadamente por manifestación histórico-concreta de la propia identidad como pueblo diferenciado, y como cosmovisión, cultura e idioma singulares; 10) desdén por las riquezas y deseo de una vida frugal, centrada en la satisfacción de las necesidades inmateriales del ser humano, lo que está en aguda oposición con el productivismo y consumismo liberal; 11) repudio del despotismo constitucional y parlamentario, que se propone “mejorar” la situación de las masas sin contar con éstas, lo que contiene la afirmación de que cualquier medida, para ser emancipadora, ha de resultar de la acción popular, no de la dudosa benevolencia de una minoría iluminada y verbalmente redentorista que opera desde el aparato del Estado, como era el liberalismo”.

El autor alcanza la conclusión de que el primer carlismo-organización fue el conducto utilizado por el pueblo para canalizar su rebelión contra el liberalismo (que es, afirma, “un fanatismo de importación”), constituido por unas clases medias “mentalizadas por una ideología liberal excepcionalmente soez, ramplona y desalmada, sólo atentas al medro, al lucro y al goce”. Se produce, al no existir otra posibilidad de hacer posible y duradera la rebelión, la “instrumentalización del aparato carlista por el elemento popular”. Una rebelión distinta en cada lugar, gradación descendente a partir de los territorios forales que reunían las 11 condiciones antes apuntadas hasta los lugares en los que “los bienes comunales eran de poca significación” , en que el trabajo asalariado estaba mas implantado y la “ideología individualista era mas boyante”, pasando, añadimos por nuestra parte, por territorios en los que sin reunir la totalidad de los condicionantes antes apuntados sí existía el catalizador de una fuerte y mantenida conciencia “nacional”.

Pero para Félix Rodrigo Mora el pueblo, en definitiva, se equivocó porque no se marcó el fundamental objetivo de alcanzar “una sociedad libre y democrática, sin liberalismo y sin las jerarquías del carlismo”. Las jerarquías, la gran lacra padecida por el carlismo. Las militares, que eran iguales en ambos bandos (destaca el hecho de las fáciles acomodaciones de los mandos en el ejercito contrario en las periodos de “entreguerras”) y, a fin de cuentas, también la monarquía, las personas reales, que en ambas orillas pertenecían a un mismo estamento ideológicamente identificable con el Antiguo Régimen. Aquél impulso desbordante del que hablaba Unamuno, y que aquí también se reconoce desde la visión anarquista, había pasado de servirse de una primera organización a estar controlado por los mismos instrumentos de explotación que, como un bifronte Jano, liberales y jerarquía carlista, alcanzó su cúspide, su devastadora realización tras una trayectoria centenaria, en 1936.

(*) “Naturaleza, Ruralidad y Civilización”

Félix Rodrigo Mora

Editorial Brulot

Madrid 2008

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