Posteado por: Juventudes Carlistas | mayo 26, 2009

Declaración de D. Javier de Borbón Parma al Congreso del Pueblo Carlista (1970)

Evolución

Los cambios profundos de la sociedad y de la formación de los pueblos, debidos, fundamentalmente, al avance del progreso y de la técnica, hacen que padezcamos una fuerte crisis, tanto en el orden humano como en el económico-social, crisis más acusada por la ausencia de espíritu cristiano. Esta ausencia, es consecuencia de que una determinada clase, compuesta por grupos oligárquicos, económicos e ideológicos, se haya erigido en propietaria y administradora de los valores del cristianismo casi en exclusiva, impidiendo que el paso, irremediable, de una sociedad estamental y monolítica a una sociedad pluralista y de libertad se haga por vía cristiana y no marxista.

El Carlismo no puede estar ajeno a esta evolución porque, precisamente, su principal característica ha sido evolucionar.

De Carlos V a Carlos VII, de Jaime III a Alfonso Carlos I y hasta estos momentos, toda la vida del Carlismo está marcada por una intensa vida política, por una intensa evolución. De las guerras civiles del siglo pasado, a las luchas sociales de principios de este siglo con los sindicatos libres carlistas; de nuestra participación en el Alzamiento a mi total negativa a unirnos al fascismo; del enfrentamiento con el totalitarismo a la supervivencia dentro de un régimen de represión política y a la vuelta de un período activo de politización; todo fue evolución, todo fue cambio.

La permanencia del Carlismo no podría explicarse sin esta constante evolución y sin una autoridad responsable que garantiza esta evolución conforme a sus principios básicos de busca de justicia social y de libertad política.

El Carlismo, que mantiene sus principios y sus fundamentos políticos, sigue necesitando evolucionar y ponerse al día. Esta ha sido nuestra principal tarea en estos diez últimos años.
Tarea difícil, pues mientras en unos producía escándalo por creer íbamos a un progresismo de tipo liberal, en otros, la juventud aparecía la impaciencia porque esta evolución era lenta. Aquí estaban los riesgos. Si el Carlismo quería subsistir y cumplir su misión junto con el pueblo español, tenía que correr estos riesgos. Yo asumí, como en otras ocasiones, toda la responsabilidad.

En toda su historia, en los momentos de gran desarrollo del Carlismo siempre surgieron detractores, con un pretexto u otro… Cuando no era dinástico, era ideológico, erigiéndose ellos, por sí y ante sí, en definidores de doctrinas contra el Rey contra el Pueblo, que siempre marcharon al unísono. Estos falsos definidores consiguieron, en algunas ocasiones, presentar una imagen equívoca del Carlismo. Algunos tienen la osadía de lanzar condenas rememorando formas antiguas y caducas. Son los que hubieran condenado a Carlos VII o a Jaime III en su tiempo. Su actitud es farisaica, pues se quedan solamente con cosas accesorias y circunstanciales.

Pero el llamarse Carlista y hablar en nombre del Carlismo no es un derecho que se puede uno otorgar a sí mismo, sino, que es un compromiso con una lealtad y una disciplina. Lealtad a mi Dinastía que lleva consigo disciplina a los representantes del Carlismo. El que rompe constantemente esta disciplina es porque realmente ha roto su lealtad. Y por tanto no se puede llamar Carlista.

Los que tenemos la experiencia de haber luchado constantemente en defensa de los valores cristianos sabemos muy bien a dónde conducen ciertas actitudes de intransigencia y defensa de principios erigidos en dogmas: a la mayor deserción y cobardía, con una entrega final de los altos valores a los grupos poderosos para que especulen con ellos.

Además, los valores de que es portador y defensor el Carlismo, no son suyos en exclusiva, pertenecen al pueblo. Pero para que estos valores sean permanentes y aceptables deben evolucionar constantemente, promoverlos conforme lo exijan las necesidades y los tiempos. El inmovilismo sería la muerte y eso es lo que esperaban muchos de los que se titulan «guardianes» de la pureza y del dogma.

No es extraño que otra vez se desprendan algunos de nuestras filas, porque les faltará la fe. Pero habrá, y la hay cada vez más, una constante incorporación del pueblo español cuando, con nuestra presencia política, vea la solución ampliamente nacional que representa el Carlismo, porque será la mayor posibilidad de asegurar a nuestra querida patria el orden, la prosperidad, la justicia y con ésta, el bien social mayor para todos: la paz.

El Carlismo se perfila como una solución de hoy y de futuro. Para ello debemos presentar un Carlismo posible. La evolución es una necesidad. Evolución nuestra y de la sociedad actual, ya que esta no responde en absoluto a los principios de justicia y de libertad.

A fin de que todos sepan cual es la línea política actual y no queden dudas, voy a exponer mi pensamiento político.

Revolución Social

En la evolución constante del Carlismo, en sus diversos intentos por resolver la problemática social y política española, con un sentido de justicia y de libertad, algo hubo permanente; la constante búsqueda de un pueblo junto con su dinastía, de unas estructuras que permitieran a la sociedad resolver sus problemas por un mecanismo democrático, devolver a la sociedad su poder de autogobernarse. Es realmente revolucionar el planteamiento político actual para que sea acorde con una concepción comunitaria de la vida pública.

La concepción carlista de la Revolución Social se opone tanto a la revolución individualista capitalista como a la colectivista comunista, fuerzas que hoy se adueñan de la sociedad mundial, quedando entre ambas una revolución !atente, que es la social y que puede además ser pacífica.

Hay que reconocer sin embargo, que cada una de estas fuerzas presentan unos valores y han recorrido experiencias interesantes. Tanto una como otra han aportado valiosos elementos políticos al mundo actual, aunque no podamos aceptar ninguna de las dos interpretaciones en su totalidad. La interpretación capitalista, porque no concebimos la defensa de la libertad individual como única base de la justicia social. La comunista, porque no concebimos la defensa de la justicia social sin la de la libertad.

En el transcurso de la historia contemporánea hemos podido ver que el paso de una sociedad monolítica y clasista a una sociedad pluralista, en la mayoría de los casos ha sido empujada por revoluciones violentas, pero hoy nos encontramos en plena metamorfosis del cambio con el trasfondo económico de una sociedad de consumo.

La Revolución Social que propugnamos, necesaria, pretende que las estructuras de la sociedad deben ser de representación diferenciada, tanto de las realidades ideológicas, como laborales y regionales.

Una Revolución Social, con la invasión del campo de la cultura y de la investigación, por el pueblo. Este será el signo de la nueva sociedad: la promoción del pueblo en la política, en las ciencias, en la cultura, con una amplia libertad y sentido democrático de la propiedad de estos bienes.

Integración de todos en los derechos y en la igualdad de oportunidades en materia de decisión política.

Esta es nuestra Revolución Social.

El Pacto

Si somos y nos llamamos demócratas es porque siempre hemos definido nuestra Monarquía como popular y sostenida por el pueblo. Mediante el Pacto, renovado entre la Corona y el Pueblo, éste delegaba parte del poder en aquella y ambos se comprometían a la defensa de las libertades sociales más sagradas. Hoy tenemos que saber dar una fórmula viva y actual a este Pacto que es conciencia democrática, conciencia viva del pueblo, expresado en las inquietudes y en los problemas de hoy.

El Pacto debe estar fundamentado en estas tres grandes libertades: Libertad Política, Libertad Regional y Libertad Sindical. No se cambia nada. Se perfecciona. Se avanza en la dinámica política.

El diálogo es parte consustancial del Pacto. Sin diálogo no puede formularse pacto. Pero el diálogo no es posible con los que niegan los principios de justicia y libertad.

El Carlismo dialogará con todos aquellos grupos que sean portadores de soluciones basadas en los derechos de la persona y de estos principios de justicia y libertad, para iniciar la reconquista de la sociedad, haciendo posible la promoción de todo el pueblo en esta tarea.

Mi responsabilidad es grande. He oído personalmente a la mayoría de los dirigentes del Carlismo y a gran parte del pueblo Carlista, en su diversidad intelectual y popular. Y hoy, en esta importante etapa de la vida nacional, he tomado la decisión de llevar al Carlismo por caminos de una acción política clara y en consonancia con los tiempos, con el sentir de un pueblo que pide justicia y con el sentir, en el orden espiritual y moral, de una iglesia atenta a las realidades sociales y dispuesta a la conquista de las almas por el camino del diálogo y de la apertura.

He aquí la primera parte del pacto. Ahora vemos al Pacto Social y político con el pueblo español a través de aquellos grupos que persiguen estos mismos fines.

El Poder

Nuestra meta es el poder político. Parecería simpleza el repetirlo si no fuera porque algunos pretenden decir que el Carlismo tiene otras finalidades distintas. Lo repetimos, pues, porque siempre fue el poder político el fin por el que luchó el Carlismo.

Mis antecesores los Reyes Carlistas, no conquistaron este objetivo porque perdieron las guerras que el pueblo hizo para ello. Pero su objetivo no era otro. Hoy sigue siendo nuestra meta, pero no se trata de conquistar el poder por el poder, sino de crear las estructuras nuevas de libertad que permitan devolver a la sociedad su poder de autogobernarse.

Vemos también que estos caminos no se recorren armónicamente sin un gran entusiasmo popular por una parte y sin una gran autoridad moral con un liderazgo político dinámico por otra.

Muchas resistencias se tendrán que vencer, muchos intereses creados, muchas incomprensiones, mucho miedo.

La libertad

Defendemos la libertad porque el hombre es portador de ella. La libertad es atributo del hombre y su derecho más sagrado. Pero esta libertad no debe quedar plasmada solamente en una teoría del derecho, como muchos pretenden. Debe ser real y efectiva, pragmática, con todas sus consecuencias. Los políticos tenemos la responsabilidad de abrir los cauces naturales por donde debe discurrir.

El miedo a la libertad es el dique que frena momentáneamente esta promoción, pero que terminará, si antes no se abren los cauces, desbordando y arrollando el sistema que engendra este miedo. Por eso rechazamos las soluciones políticas de «primero, el orden público», porque mantienen la violencia de la represión como único remedio a la violencia de la injusticia. Sostienen situaciones inadmisibles, tanto desde el punto de vista moral como desde el punto de vista de prudencia política. Mantienen así, una guerra civil latente, justificación de un Estado cuya principal función es la represión.

No existe antitesis más profunda de una concepción cristiana de la vida, que la de un Estado totalitario o de fuerza, sea de signo comunista (en que el hombre es propiedad del partido), sea signo fascista (en que es propiedad del Estado), sea de signo capitalista (en que es propiedad de los grupos de presión económico-político). Estas tres fórmulas reducen realmente a la inmensa mayoría de los ciudadanos a ser meros individuos, sin participación ni responsabilidad. Es decir, sin libertad, sin patrimonio social. El Carlismo proclamó siempre la libertad política. La proclamó y la defendió para que fuese auténtica y dentro del exponente que el hombre marcaba según el fundamento de sus derechos. Hoy la libertad política, que es la que más escandaliza a algunos, aparece como más consustancial que nunca con el hombre y con los pueblos.

Estructuras de libertad

Como en otras ocasiones lo he hecho y lo ha hecho mi Junta Suprema y las demás autoridades del Carlismo, volvemos a exponer los cauces de la libertad para poder llevar a cabo la estructuración de la sociedad.

Si la iniciativa de promover los cambios de estructuras políticas con la formación y participación del pueblo, está reservada principalmente al partido político; y el de llevar la responsabilidad de las decisiones económicas, al mecanismo sindical; la responsabilidad en el campo de interpretación y aplicación de las leyes en la sociedad recae principalmente sobre el municipio y sobre la región. Como consecuencia establecemos las siguientes bases:

1º. Pleno reconocimiento y respeto a la personalidad de los diversos pueblos que forman la nación española. Su libertad será la vía de su promoción tanto de aquellos que tienen ya una personalidad acusada, como de los que siguen sometidos a la presión de un silencio impuesto y desplazados de la vida pública. Proponemos la federación de los pueblos en una unidad de Repúblicas Sociales, presidida por la Corona.

Los Reyes de mi Dinastía no concedían fueros o libertades, los reconocían. Cuando los Reyes carlistas juraban los fueros no era meramente una promesa de no interferir en los asuntos internos de los pueblos. Se comprometía el Rey, como poder político, a ser el defensor del fuero, contra cualquiera y en primer lugar contra la misma administración central. Carlos VII se definía, a este respecto, como el Rey de las Repúblicas Españolas, es decir, como el que daba su garantía de libertad y de autonomía a las estructuras regionales del país.

2º. El mundo del trabajo debe tener sus cauces libres de representación para que a través de él pueda participar en todas las decisiones socio-económicas. Es la libertad sindical la que abrirá este cauce, estableciendo su propia constitución y fuero, evitando las interferencias del poder y de los grupos oligárquicos.

3º. La libertad política, como derecho inalienable de la persona, debe tener su cauce de representación, abriendo también un campo de actuación a las ideologías debidamente organizadas, evitando quede en una fórmula teórica que sólo sirva para frenar el ansia y el derecho de los españoles.

En el mundo de las ideologías es donde el hombre se mueve con más impaciencia y personalidad. Negar esta realidad sería atentar contra un derecho natural del hombre. Las reglas que marquen el ordenamiento para el quehacer político deben ser la base de una constitución orgánica que de cabida a los grupos ideológicos o partidos políticos, con la misión de formar, promover y encauzar la intervención del pueblo en las tareas políticas.

Así podemos concebir un triple sistema de fueros o libertades: los fueros de las regiones, los fueros de los sindicatos y los fueros de los partidos políticos.

Un triple sistema de repúblicas que corresponden a las tres principales facetas de la vida del hombre: la de su convivencia dentro de un marco territorial o regional, la profesión o sindical y la ideológica o de partidos políticos.

Tres campos de responsabilidad: el de la administración del poder público, el de las decisiones socio-económicas y el de la promoción política.

Esta triple representación, esta triple democracia, esta triple responsabilidad es lo que considero como lo más importante de nuestra aportación a una construcción doctrinal y encontrarán su coordinación y equilibrio en las Cámaras.

Sobre estos tres grandes ejes el Carlismo dará al pueblo español un proyecto político, posible y aceptable, para que, con el ejercicio de la plena libertad, polarice adhesiones y se construya con una gran corriente de la opinión nacional, la solución que conduzca a la Revolución Social pacífica. Solamente ésta frenará al Capitalismo egoísta y explotador, por un lado, y neutralizará la acción filosófica de un marxismo materialista arrollador que no encuentra hoy barreras.

A fin de formular una doctrina actual y profundamente estudiada sobre esta temática esencial, deseo que se trabaje en el Carlismo. Esta labor intelectual no está reñida con la marcha hacia el poder político, sino que va vinculada a ella.

El formular una doctrina política nueva no se puede hacer sin la colaboración de muchos hombres que no pertenecen a nuestro partido. De este estudio comunitario surge una enriquecedora vinculación entre tendencias políticas y la posibilidad de una doctrina de alcance general.

La Monarquía

Para realizar y llevar a cabo estas estructuras de la sociedad, es necesario definamos el carácter de nuestra Monarquía, la forma de gobierno que proponemos.

Monarquía Social, democrática y abierta a la evolución que nazca del Pacto Social entre la Corona y el Pueblo.

Aquí la Monarquía es una sola concepción, un solo cuerpo: Rey-Pueblo. El pueblo está eligiendo continuamente a su representante en el ejercicio democrático de su libertad. El pueblo es elector, no mediante un sufragio universal ficticio, sino en un sufragio a través de los pactos que se formulan en los estados republicanos de los países, sindicatos y partidos políticos.

Rechazamos fórmulas de imposición y de teocracia que simulan una legitimidad. La legitimidad de ejercicio se adquiere con el pacto y el pacto se formula de mutuo acuerdo, sin coacciones ni imposiciones. La legitimidad de la sangre se tiene y se convalida con le ejercicio democrático.

Si en este proceso la Monarquía se consolida, y tiene la adhesión del Pueblo, es porque es válida.

Esta es la razón de la Monarquía. Con esta definición, para algunos puede parecer menoscabado su concepto, cuando, en realidad, es lo contrario. Fue cuando la Monarquía se opuso al progreso de los pueblos, cuando perdió su razón de ser.

Este es el Carlismo

Os digo que este es el Carlismo, el Carlismo que presido y dirijo, unido con el pueblo español que nos sigue y participa de esta doctrina. No hay otro Carlismo. Este es el Carlismo de ayer, renovado hoy y dispuesto a proyectarse al futuro con la evolución de los tiempos.

Esta es la doctrina promulgada por mí, y formulada hoy, obra de una colectividad organizada en partido, susceptible de evolución, corrección y perfección. Abierta al diálogo y a las aportaciones del ejercicio político de un pueblo.

Cargo con esta responsabilidad, como vuestro Rey Legítimo que soy y como cabeza de un partido político que va a la conquista del poder político, con el pueblo y para el pueblo español, con el fin de que este pueda alcanzar y ejercitar su libertad. El Rey en el Carlismo tiene hoy un necesario papel de liderazgo político de un partido que pretende ser un partido-líder en la vida pública.

Para esta acción de organizar el Carlismo y conducirlo al poder, tiene hoy toda mi autoridad y responsabilidad el Príncipe, mi hijo y heredero. Yo le asisto plenamente, pues no por ello abdico mis graves deberes ni dejo el puesto sumamente difícil que llevo, mientras Dios me de salud y fuerza. Mi hijo, todos lo sabéis, es el modelo de lo que debe ser hoy un Príncipe moderno y cristiano. Se le ataca porque es incómodo. Pero recordad, para que no quepa la menor duda, que el que le ataca a El, me ataca directamente a Mi, y por tanto al Carlismo.

Así, desde la cumbre de mis muchos años, cuando he visto desmoronarse tantas cosas en Europa y en el mundo, mi fe está intacta, mi confianza y amor al gran pueblo que sigue con admirable lealtad nuestras banderas, son ilimitadas. Doy gracias a Dios por su ayuda en tantas dificultades y peligros y espero con seguridad y confianza el porvenir de la Causa que siempre serví, que es la de la noble nación española.

Vuestro viejo Rey:
Francisco Javier
Valcarlos – 6 de Diciembre de 1970

Anuncios

Categorías

A %d blogueros les gusta esto: