Raíces

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1. Las fuentes del pensamiento Carlista

El Partido Carlista, que es el resultante de dos siglos de movilización socio-política de determinados sectores populares del territorio históricamente conocido como Las Españas, existe actualmente como proyecto de transformación social porque ha ido desarrollando sus presupuestos políticos, su doctrina y sus formas de lucha de tal forma que sus análisis y sus acciones resulten eficaces para intervenir en la sociedad. Este desarrollo ha sido posible gracias a que el pensamiento Carlista no constituye un cuerpo doctrinal dogmático que este cerrado sobre si mismo sino una doctrina flexible que busca ser un instrumento eficiente de las clases populares en la lucha por su Emancipación.

1.1. El sentido de la Tradición Carlista: una praxis de renovación y defensa de la Comunidad

Hasta la irrupción de la Modernidad capitalista en el siglo XIX a través de un Estado construido autoritariamente de arriba abajo mediante la acoplación de las diferentes oligarquías de la antigua Monarquía Hispánica, el paisaje socio-político que se daba en Las Españas no era más que una agregación de diferentes entidades territoriales y sociales de muy variado carácter y amplitud, que tenían un importante grado de autogobierno y libertad, siendo su personalidad anterior e independiente de la del poder estatal. Con la construcción del liberal Estado moderno, la cual arranca de las Cortes de la Cádiz y es inseparable del proyecto nacionalista-españolista, las estructuras sociales tradicionales serán progresivamente transformadas, lo que conllevara la desarticulación de los espacios de libertad comunitaria de los que disponían las clases populares dentro de esas estructuras sociales. Así los sectores populares percibirán con acierto como el nuevo Estado, que fundamenta su poder en el militarismo españolista y en el pacto de las diferentes oligarquías, ataca sus espacios, limitando así su autonomía social y cultural, en nombre de un abstracto Progreso economicista. El Carlismo surge precisamente como la respuesta socio-política de amplios sectores populares en defensa de su Tradición comunitarista frente a la agresión que representa el estatalismo liberal-centralista.

Así mientras que la acción histórica del Estado creado por el liberalismo está dirigida a la continua rearticulación de la sociedad de acuerdo con los intereses de las clases oligárquicas continuando así progresivamente con el desmantelamiento del antiguo entramado comunitario, la acción del Carlismo históricamente ira dirigida hacia la abolición de dicho Estado, a la defensa de los intereses populares y de las culturas autóctonas tradicionales, y a la permanente defensa y re-construcción de una contra-sociedad (el llamado Pueblo Carlista) basada en espacios autogestionarios, de carácter auténticamente comunitario y de estructuración federativa, dotados de una lógica y practicas sociales globalmente diferentes a las del Estado liberal. Este planteamiento es el que define y estructura al Carlismo como proyecto socio-político en todos los momentos históricos, dotándolo de un continuum estructural que le permite reproducirse socialmente. La Tradición Carlista no implica pues ningún tipo de erudición nostálgica sino la acumulación de las experiencias (“progreso hereditario” la denominó Vázquez de Mella) en que los Pueblos hispánicos han luchado contra la opresión de las oligarquías o han creado instituciones donde podían vivir más libremente. Esta es la realidad de nuestra Tradición: un estimulante y una base de partida para una lucha constante por la Liberación y supervivencia de nuestros Pueblos.

1.2. El pensamiento histórico carlista

De la combinación de la práctica insurgente de las comunidades populares contra el Estado liberal y de la cultura política tradicional de estas comunidades, inmediatamente surgieron las primeras elaboraciones teóricas para proporcionar unas herramientas que explicaran las transformaciones sociales que se estaban dando. El primer Carlismo, que nace como un movimiento popular con una base cultural pre-moderna, pero enfrentado a la naciente Modernidad que encarna el Estado liberal, entra en la categoría de movilización socio-política de la “rebeldía primitiva“, un estadio en la historia de los movimientos sociales que se caracteriza a nivel discursivo por la reinterpretación de las tradiciones autóctonas para combatir las nuevas formas de opresión que trae consigo la Modernidad. Así utilizando como referencia elementos de la historia autóctona desde el Carlismo se ira construyendo una teoría política que tendrá su máxima concreción en el lema “Dios-Patria-Fueros-Rey”, síntesis de los pilares fundamentales de la doctrina carlista, que serán una filosofía humanista y social de raíz cristiana, una concepción comunitarista y federativa de la Patria, un proyecto de sociedad estructurada federativamente de abajo a arriba de forma que sea posible la más amplia democracia participativa, y una concepción pactista del poder que tendría su máxima expresión en el llamado Pacto Dinastía-Pueblo.

Un rasgo importante de la doctrina carlista es su no adscripción a un dogmatismo inmovilizador, pues no se autoconcibe como una realidad ideológica completa que se puede concebir de forma aislada de la realidad social, sino como un aparato teórico en continua reelaboración que para seguir siendo fiel a la Causa que la originó necesita responder a la problemática cambiante de la sociedad. Militantes carlistas como Arístides de Artiñano, Vicente Manterola, José Indalecio Caso, Bienvenido Comín, Alfredo Brañas, Juan Vázquez de Mella, Eustaquio Echave-Sustaeta, Jesús Etayo Zalduendo, Joan Bardina, Juan María Roma o Tomàs Caylà, entre otros muchos, con todos sus aciertos y errores, que hay que entenderlos dentro su contexto histórico, contribuyeron a enriquecer la doctrina heredada con sus diferentes aportaciones, las cuales no hay que entender como afirmaciones dogmáticas realizadas al margen de la propia tradición doctrinal, sino como intentos de desarrollar una doctrina que nunca fue concebida como patrimonio de un grupo de intelectuales sino de todo un Pueblo. De mediados del siglo XX, hay que destacar los trabajos del Movimiento Obrero Tradicionalista (MOT) y de la Agrupación de Estudiantes Tradicionalistas (AET), que fueron fundamentales para la revisión y clarificación del pensamiento carlista, preparando así la reestructuración y modernización definitiva que se produciría en el tardofranquismo con los Congresos del Pueblo Carlista en Arbonne y la elaboración del actual proyecto carlista de Socialismo de Autogestión Global. Las Fuerzas Activas Revolucionarias Carlistas (FARC) por su parte supusieron un primer e interesante encuentro entre el movimiento carlista y el materialismo histórico, es decir el método de análisis “marxista”.

1.3. El Humanismo Social Cristiano

El Carlismo hizo su aparición en el marco de unas comunidades pre-modernas cuyas pautas culturales eran de carácter confesional religioso. La religión católica era la estructura que vertebraba el espacio social y cultural de la comunidad tradicional. En esta sociedad hombres y mujeres ligaban su vida afectiva a un sistema de ritos y valores cuyo eje era la iglesia local, en torno a la cual se tejían las relaciones interpersonales dentro de la colectividad campesina tradicional. Por tanto el Carlismo al igual que otros movimientos pre-modernos recurrió a la referencia religiosa como fuente de ideología y legitimidad en cuanto que ésta era la máxima expresión en última instancia de una serie de valores comunitarios y societarios que estaban en proceso de erosión a causa de la penetración del sistema de valores individualistas propio del capitalismo liberal.

Cuando desde la Iglesia Católica se empiecen a asumir los retos que genera la Modernidad y se empiece a elaborar el pensamiento social-católico moderno, el Carlismo lo asumirá y lo desarrollará de forma autónoma, pues la Doctrina Social de la Iglesia (DSI) no constituye un programa político sino una serie de principios que debían ser interpretados y desarrollados por los laicos desde su concreta y particular realidad social. Así los carlistas también participaran del movimiento obrero católico y contribuirán a construir sindicatos y cooperativas. El social-catolicismo planteaba la búsqueda de un nuevo modelo social de carácter cooperativista y federativo más allá del capitalismo liberal y del estatismo comunista, teniendo uno de sus mejores y más avanzados representantes en el filósofo francés Emmauel Mounier. Mounier y otros pensadores católicos, desde la revista Esprit, elaboraron una filosofía denominada Personalismo alrededor de la idea de reconstrucción de la comunidad personal frente a la mercantilización y atomización social inherentes a la sociedad capitalista. Los filósofos personalistas también denunciaran el peligro del totalitarismo fascista como la más grave amenaza para la dignidad y la libertad del ser humano. La influencia de Mounier y sus compañeros se hará notar tanto en la Declaración Universal de los Derechos Humanos como en todas las corrientes de la llamada Izquierda cristiana, que se desarrollan durante la segunda mitad del siglo XX.

El Concilio Vaticano II supondrá la modernización de la Iglesia Católica, siendo asumida la realidad de la secularización de la sociedad moderna y reconociéndose a la libertad religiosa como un derecho consustancial a la libertad fundamental del ser humano. Entonces el Partido Carlista al igual que otras fuerzas sociales y políticas abandonó la confesionalidad, pasando a definirse como un partido laico, sin que esto suponga renuncia alguna a sus raíces cristianas, siendo todo lo contrario: la búsqueda de su necesaria adaptación a la nueva realidad para proyectar de forma valida unos valores y una filosofía donde las personas humanas asociadas en comunidad deban constituir el centro de toda estructura social. El Partido Carlista, pues, rechaza el sistema vigente actualmente en cuanto que aunque afirma respetar los Derechos Humanos sus estructuras sociales después impide que estos se hagan realmente efectivos.

1.4. Movimientos de reconstrucción nacional/regional

El Estado centralista madrileño al igual que los demás estados liberales de la Europa decimonónica siempre aspiró a constituirse en un Estado-nación culturalmente homogéneo. Por eso va a llevar a cabo un artificial proceso de nacionalización españolista desde una perspectiva elitista que no tenía en cuenta las realidades plurales que históricamente se habían configurado como Las Españas. Así el liberalismo supuso la imposición de elementos culturales (previamente deformamos y desnaturalizados) de origen castellano o andaluz, de un mercado-nación y de un marco jurídico-político rígidamente centralista y unitario. Frente a la opresión centralista se sublevaron las comunidades carlistas en defensa de sus particulares tradiciones de autogobierno, de derecho, de cultural, de lengua, de economía comunitaria, etc. Se contrapusieron así dos concepciones de lo que debía ser España. Por un lado estaba la jacobina-liberal, cuyas raíces estaban en la Revolución Francesa, y que planteaba construir una Nación española unitaria no respetando siquiera las viejas fronteras de las comunidades históricas, llegando pues a crear una división provincial totalmente arbitraria y artificial. La concepción foralista-carlista por su parte exigía la revitalización de la tradición histórica de las Españas, postulando un modelo de convivencia basado en la libertad y en el respeto mutuo de las diferentes nacionalidades y comunidades histórico-culturales dentro del marco de una Monarquía confederal que fundamentaba su legitimidad mediante un pacto con los pueblos federados.

Durante el siglo XIX se desarrolló en Europa la corriente cultural del Romanticismo, que frente al estrecho culto al Progreso que propugnaban los nacionalismos estatalistas postulo la recuperación y la potenciación de las culturas rurales, de las tradiciones populares y de la historia autóctona. Bajo la influencia del Romanticismo surgieron diversos movimientos de defensa del patrimonio étnico-cultural, de renovación lingüística y literaria, y de lucha por el autogobierno de sus comunidades. El Carlismo será influido profundamente por estos planteamientos, de forma que los carlistas promoverán y apoyaran activamente las iniciativas para la defensa y revitalización de la herencia cultural e histórica de los diversos Países hispánicos. El Partido Carlista, fiel pues a sus raíces fueristas, formara así parte de diferentes plataformas de carácter regionalista en los comienzos del siglo XX.

La década de 1960 verá como al calor de las luchas antiimperialistas del Tercer Mundo se originó un nuevo pensamiento de izquierda donde la cuestión de la opresión nacional ocupaba un lugar central. Este nueva corriente ideológica, que tuvo algunos de sus mejores exponentes en Fanon, Lafont y Memmi, tendrá especialmente influencia en un sector de la izquierda francesa, desde el cual repercutirá en toda una multitud de movimientos nacionalistas y regionalistas que, claramente definidos en posiciones de izquierda, empiezan a organizarse y moverse en Europa. Como consecuencia del desarrollo ideológico de esta tendencia, conocida primeramente como tercermundista, surgirán diversas teorías, entre las cuales se puede destacar la Sociolingüística Marxista (que analiza los fenómenos de aminorización lingüística como resultado de la subordinación de unas clases sociales respecto a otras) y la Teoría del Colonialismo Interno (que explica los aspectos económicos de la opresión centralista).

El Partido Carlista no fue ajeno a todo este renacimiento de los movimientos de reconstrucción nacional, así el regionalismo particularista de los inicios del siglo XX dejó paso a nuevas formulaciones donde las comunidades histórico-culturales ya son definidas en términos claramente nacionales, y donde entroncando con la tradición pactista el Derecho de Autodeterminación de las nacionalidades se convierte en un instrumento fundamental para la reconstrucción de las Españas mediante la creación libremente pactada de un nuevo marco político de carácter federal y socialista.

1.5. La experiencia Yugoslava, la Nueva Izquierda y los Nuevos Movimientos Sociales

El Partido Carlista también recibió con fuerza la influencia de los nuevos movimientos sociales que se desarrollaron en Europa occidental y en Estados Unidos a raíz de los cambios culturales de la década de 1960. Se construyó entonces una nueva forma de concebir las luchas sociales al margen tanto del paradigma ciudadanista del individualismo liberal (que entiende a las personas únicamente como ciudadanos aislados, siendo éstos y el Estado los únicos sujetos políticos que reconoce) como del paradigma hiper-obrerista de la vieja izquierda industrial, que postulaba al proletariado como único sujeto de transformación de realidad, proletariado que a su vez era conceptualizado de forma cada vez más reducionista y al cual debían remitirse y subordinarse cualquier tipo de reivindicaciones sociales y políticas, salvo que quisieran ser despreciadas y excluidas como pequeño-burguesas.

En aquella agitada época surgieron los movimientos antimilitaristas y pacifistas, se desarrollo una nueva conciencia de la solidaridad internacionalista, reapareció a lucha por la emancipación de la mujer, el movimiento estudiantil adquirió una significación nunca vista, se modernizaron los movimientos de defensa de las culturas y lenguas minorizadas y nacieron con fuerza las luchas ecologistas y antinucleares. En un mundo dominado y determinado por la Guerra Fría, las semejanzas entre las dos superpotencias empezaron a resultar cada vez más evidentes (militarismo, imperialismo, autoritarismo social, un modelo económico totalmente agresivo respecto al medio ambiente, etc.) mientras que los antiguos partidos de la izquierda obrerista se habían convertido en maquinas burocráticas y electoralistas (estando totalmente integrados en el sistema) todos estos nuevos movimientos supusieron la emergencia de un generación que buscó nuevas forma de intervención social y política, cuestionando los limites y el seudopluralismo de las sociedades del Primer Mundo, y llegando así a incorporar a la lucha a nuevos sectores sociales que no se sentían representados por la cultura política de la vieja izquierda. En este contexto surgió el fenómeno de la llamada Nueva Izquierda que presentó un carácter profundamente anti-autoritario. Una parte de estos nuevos sectores encontró un referente político de proyección internacional en la Yugoslavia de Tito, el único Estado de la Europa del Este que había roto de forma exitosa con el monolítico estalinismo de la URSS, pudiendo así ensayar un modelo propio y autónomo de construcción del Socialismo, basado en la autogestión obrera y en una mayor flexibilidad social, superando así gran parte de los fallos del Estatismo soviético. El Socialismo autogestionario de Yugoslavia, con sus aciertos y sus errores, contribuyo pues al desarrollo de una Nueva Izquierda que, más allá del mesianismo de partido, entendía que era precisamente a los propios trabajadores organizados de forma asamblearía a quienes debía corresponder el protagonismo político.

El Partido Carlista en su renovación ideológica fue influido por estos movimientos, que en muchos casos enlazaban con aspectos de la tradición política del Carlismo. El tradicional comunitarismo carlista encontró de esta manera una expresión moderna a través de una particular reformulación de las teorías autogestionarias: el Socialismo de Autogestión Global, mediante el cual se busca una democratización global de la sociedad.

Los nuevos movimientos sociales dieron la impresión de estar desbordando a la sociedad capitalista, pero ésta supo domesticar e integrar a gran parte de estos sectores cuando comprendió que en el momento en que estos movimientos se constituían a si mismos como única referencia política de cambio social no podían ya cuestionar el conjunto del sistema sino solo algunos efectos del mismo. Así debido a la ausencia de una crítica unitaria de la sociedad buena parte de estos movimientos se moderó y se institucionalizó en nombre que posibilismo sectorial que los condujo a su estancamiento.

El Partido Carlista consciente de este fracaso propugna un proyecto de emancipación global basado en la asociación de las diferentes luchas sociales, que sin perder su especificad deben converger en un mismo marco, dotando así de contenido a una re-construida Comunidad en cuanto contra-poder popular.


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